La seguridad alimentaria de Colombia atraviesa un momento decisivo. Mientras el Gobierno nacional y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) firmaron recientemente el nuevo Marco Programático País 2025-2027 para fortalecer la paz, el desarrollo rural y los sistemas agroalimentarios, las alertas sobre la caída de la producción nacional de granos y el aumento de los costos agrícolas plantean una pregunta de fondo: ¿puede Colombia garantizar el acceso a los alimentos sin avanzar hacia una verdadera soberanía alimentaria?

La discusión dejó de ser exclusivamente agrícola. Hoy involucra variables económicas, climáticas y geopolíticas que están redefiniendo la capacidad de los países para alimentar a sus poblaciones en un mundo cada vez más inestable.

Una alerta que viene del campo

Las recientes advertencias de la Federación Nacional de Cultivadores de Cereales, Leguminosas y Soya (Fenalce) muestran un panorama preocupante. Durante 2025 se registró una reducción en las áreas sembradas y una caída en la producción de cereales y leguminosas, situación que aumenta la dependencia de las importaciones y expone al país a mayores vulnerabilidades externas.

Los granos constituyen uno de los pilares de la seguridad alimentaria. Cuando disminuye la producción nacional de maíz, soya, trigo o leguminosas, aumenta la necesidad de importar alimentos o materias primas para producirlos, dejando al país sujeto a factores que escapan de su control.

La situación adquiere mayor relevancia en un contexto regional donde la FAO, el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA) y el Programa Mundial de Alimentos (WFP) han advertido sobre los riesgos que representan los fenómenos climáticos extremos para América Latina y el Caribe.

Tres amenazas convergen sobre la seguridad alimentaria

El debate sobre la alimentación en Colombia suele concentrarse en la producción agrícola. Sin embargo, la realidad actual muestra que existen al menos tres factores simultáneos que condicionan la capacidad del país para garantizar alimentos suficientes y accesibles.

El primero es la disminución de áreas sembradas y la caída de la producción nacional de granos.

El segundo es el cambio climático. Fenómenos como El Niño y La Niña afectan los ciclos agrícolas, alteran la disponibilidad de agua y generan pérdidas productivas que impactan directamente la oferta de alimentos.

Pero existe una tercera variable que suele recibir menos atención y que puede ser igual de determinante: la geopolítica.

Las tensiones en Oriente Medio y otras regiones estratégicas han generado incrementos en los costos energéticos, afectando el precio internacional de fertilizantes, agroquímicos, combustibles y transporte marítimo. Para un país que aún depende significativamente de insumos importados, estas fluctuaciones terminan trasladándose al productor y, finalmente, al consumidor.

En otras palabras, una crisis a miles de kilómetros de distancia puede terminar influyendo en el precio de los alimentos que llegan a la mesa de millones de colombianos.

La dependencia tecnológica y el debate sobre los transgénicos

La discusión sobre la soberanía alimentaria también involucra el control de las semillas y los paquetes tecnológicos utilizados en la producción agrícola.

Durante décadas, buena parte de la agricultura latinoamericana ha dependido de semillas patentadas, variedades transgénicas y modelos de producción asociados a grandes corporaciones multinacionales. Este esquema ha generado controversias en distintos países debido a los costos que enfrentan los productores, las restricciones sobre el uso y reproducción de semillas y la creciente concentración del mercado agrícola global.

En Colombia, organizaciones campesinas, académicas y sectores productivos han cuestionado los efectos económicos y sociales de una dependencia excesiva de tecnologías controladas por conglomerados internacionales, argumentando que la seguridad alimentaria no puede depender exclusivamente de cadenas productivas cuya toma de decisiones ocurre fuera del territorio nacional.

La soberanía alimentaria implica precisamente fortalecer las capacidades nacionales para producir, investigar y desarrollar semillas, tecnologías y sistemas agrícolas adaptados a las condiciones del país.

Diversificar socios para reducir riesgos

La experiencia reciente demuestra que depender excesivamente de un número limitado de proveedores puede convertirse en una vulnerabilidad estratégica.

Por ello, la diversificación de mercados y alianzas comerciales emerge como una necesidad para garantizar el acceso estable a fertilizantes, insumos agrícolas y tecnologías productivas.

En ese escenario, mecanismos de cooperación con economías emergentes y bloques como los BRICS podrían representar oportunidades para ampliar las fuentes de abastecimiento y reducir la exposición a fluctuaciones derivadas de conflictos o tensiones geopolíticas específicas.

La lógica es sencilla: mientras más diversificada sea la red de proveedores, menor será el riesgo de que una crisis internacional paralice sectores fundamentales de la economía nacional.

Monómeros: una pieza estratégica para la soberanía nacional

En este contexto, el papel de Monómeros adquiere una importancia que va mucho más allá del debate empresarial.

La compañía ha sido históricamente uno de los principales proveedores de fertilizantes e insumos agrícolas para Colombia. Su capacidad de producción y distribución la convierte en un actor estratégico para reducir la vulnerabilidad del sector agropecuario frente a choques internacionales.

Cuando los fertilizantes se encarecen por conflictos geopolíticos o alteraciones en los mercados globales, contar con capacidades industriales propias deja de ser un asunto comercial y se convierte en un componente de seguridad nacional.

Fortalecer Monómeros no significa aislar al país del comercio internacional. Significa contar con herramientas que permitan amortiguar crisis externas y proteger la producción agrícola nacional frente a escenarios de incertidumbre global.

Más que una política agrícola, una estrategia de país

La firma del nuevo Marco Programático entre la FAO y Colombia constituye una señal positiva. Sin embargo, los desafíos actuales muestran que la seguridad alimentaria no puede limitarse a programas de asistencia o metas de producción.

La verdadera discusión gira alrededor de la capacidad del país para decidir sobre su alimentación, proteger a sus productores, fortalecer sus capacidades industriales y reducir dependencias que lo hacen vulnerable a fenómenos climáticos, económicos y geopolíticos.

La pregunta que enfrentará Colombia durante los próximos años no será únicamente cuántos alimentos puede producir.

La pregunta de fondo será si está dispuesta a construir una estrategia de soberanía alimentaria que le permita garantizar su futuro en un mundo cada vez más incierto.

El turismo continúa consolidándose como una de las principales apuestas económicas de Colombia. En el marco de la estrategia del Gobierno del presidente Gustavo Petro para diversificar la economía nacional y reducir la dependencia de los sectores extractivos, esta actividad ha alcanzado cifras históricas que la convierten en uno de los motores más importantes del crecimiento económico y el desarrollo territorial.

De acuerdo con los resultados presentados por el Gobierno, el turismo ha generado más de 34.430 millones de dólares durante la administración de Gustavo Petro, una cifra que refleja el fortalecimiento del sector y su creciente relevancia dentro de la economía colombiana.

El dato adquiere una dimensión aún mayor al compararlo con sectores que tradicionalmente han sido pilares de las exportaciones nacionales. Por primera vez en la historia reciente, los ingresos asociados al turismo han superado los generados por el café y el carbón, dos de los productos más representativos de la economía colombiana durante décadas.

Este resultado está estrechamente ligado a la visión del Gobierno del Cambio, que ha impulsado una transformación del modelo económico orientada a fortalecer sectores productivos sostenibles, generadores de empleo y con capacidad de distribuir riqueza en los territorios.

La estrategia ha estado acompañada por la campaña internacional “Colombia, el País de la Belleza”, diseñada para posicionar al país como uno de los destinos más atractivos del mundo gracias a su biodiversidad, riqueza cultural, gastronomía, historia y diversidad de paisajes. La iniciativa ha contribuido a mejorar la imagen internacional de Colombia y a atraer cada vez más visitantes extranjeros.

La ministra de Comercio, Industria y Turismo, Diana Morales, destacó el impacto que esta actividad tiene sobre las comunidades y las economías regionales.

“El turismo se ha convertido en una herramienta de transformación para los territorios. Hoy impulsa ingresos, fortalece capacidades locales y conecta el potencial de las regiones con nuevas oportunidades de desarrollo y crecimiento económico”.

Más allá de las cifras, el crecimiento del turismo tiene efectos directos sobre miles de familias colombianas. Hoteles, restaurantes, operadores turísticos, artesanos, comerciantes, transportadores y emprendedores locales forman parte de una cadena productiva que se beneficia de la llegada de visitantes nacionales e internacionales.

Además, el sector se ha convertido en una oportunidad para regiones históricamente excluidas de los grandes circuitos económicos, permitiendo que territorios con riqueza natural y cultural encuentren nuevas fuentes de ingresos y desarrollo.

Una apuesta por la diversificación económica

Durante décadas, buena parte de la economía colombiana dependió de las exportaciones de petróleo, carbón y otros productos primarios. La apuesta del Gobierno Petro busca construir una economía más diversificada, donde sectores como el turismo, la economía popular, la agricultura, la industria y las energías limpias tengan un papel cada vez más relevante.

Los más de 34.430 millones de dólares generados por el turismo y el hecho de haber superado en ingresos al café y al carbón son señales de una transformación económica que comienza a reflejarse en los indicadores y en las dinámicas productivas de las regiones.

El desafío ahora será consolidar este crecimiento, fortalecer la infraestructura turística y garantizar que los beneficios sigan llegando a las comunidades. Sin embargo, las cifras muestran que el turismo ya no es un sector complementario: se ha convertido en uno de los protagonistas de la nueva estrategia económica de Colombia.

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